Abr 04, 2026 / 22:45

Viacrucis de Iztapalapa celebra su 183 representación como Patrimonio de la Humanidad

México.- Este Viernes Santo, Iztapalapa vivió el último pasaje de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en su tradicional Viacrucis, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

La edición 183 comenzó con una hora de retraso, mientras el protagonista permanecía apresado en la casa de ensayos, a la espera de iniciar su camino hacia la cruz.

Desde muy temprano, fieles y curiosos formaron largas filas en el “huerto” para ver al protagonista y capturar con una foto un instante que mezcló historia y fe.

Por las calles de la alcaldía, los nazarenos cargaron sus cruces: algunas grandes, otras enormes. Vecinos aseguraron que el tamaño de la madera reflejaba el peso del pecado de quien la llevaba. Con el paso de las horas, el sol y el asfalto caliente pasaron factura: Protección Civil reportó un aumento de molestias en los pies de los penitentes, lo que evidenció el esfuerzo que exige sostener la tradición.

Más que una ceremonia religiosa, el Viacrucis se vivió como una auténtica fiesta cultural. Legiones de soldados romanos, provenientes de distintos barrios, abrieron paso con sus caballos; detrás de ellos, Dimas, Gestas y Barrabás avanzaron encerrados en jaulas, mientras niños y adultos observaron con asombro la cantidad de personajes que desfilaron por las calles.

Turistas nacionales y extranjeros se mezclaron entre la multitud, algunos consumiendo mangos preparados o jicaletas, mientras contemplaban la riqueza de la representación. Entre devoción, calor, color y emoción, el Viacrucis de Iztapalapa confirmó su lugar como un encuentro donde fe, cultura y celebración comunitaria se fundieron en cada paso del recorrido.

La Pasión de Cristo y la vida cotidiana

El olor a comal caliente y a masa recién puesta en el anafre acompañó el trayecto del Viacrucis.

Mientras la representación avanzó hacia sus momentos más intensos, en los alrededores del jardín Cuitláhuac la vida cotidiana mantuvo su propio ritmo: aplausos, cámaras en alto y antojos que no esperaron.

Las quesadillas de masa azul salieron una tras otra, al igual que los tlacoyos. Más allá, en pequeñas charolas, aparecieron grillos tostados, tiras de tamarindo y otros dulces, convirtiendo la caminata en una especie de feria improvisada.

El calor no dio tregua. Los rayos del sol cayeron con fuerza sobre el primer cuadro de la alcaldía, obligando a muchos a improvisar sombra. Gorras y sombreros se vendieron rápidamente, mientras vendedores ofrecieron sus productos sin pausa. Entre la multitud también circularon micheladas, servidas con discreción pese a la ley seca vigente.

A unos metros, la escena cambió de tono. Jesús fue juzgado y azotado, y el silencio se impuso por momentos entre quienes siguieron de cerca la representación. Algunos nazarenos decidieron adelantarse e iniciaron el ascenso hacia el Cerro de la Estrella con sus cruces al hombro.

En el cerro, entre veredas de tierra y piedras, avanzaron con dificultad. Hubo tropiezos, pausas para recuperar el aliento y escenas que oscilaron entre lo solemne y lo inesperado.

En la parte alta, elementos de seguridad montaron vigilancia para controlar el acceso. Mientras tanto, la Pasión se encaminó hacia su desenlace.

Poco antes de la crucifixión, una indicación recorrió el lugar: retirarse sombreros, gorras y paraguas. La multitud obedeció y quedó expuesta bajo el sol, en un ambiente de silencio y expectativa. Así culminó el Viernes Santo en Iztapalapa.

La alcaldesa Aleida Alavez Ruiz informó que asistieron más de 2 millones 200 mil personas, con saldo blanco. Durante toda la Semana Santa, la cifra superó los 2 millones 800 mil visitantes.

Los nazarenos cargaron cruces pesadas, enfrentando el sol y el asfalto. A su alrededor, la tradición convivió con la vida cotidiana entre alimentos, ventas y actividades familiares.

La procesión también tuvo momentos de tensión, con empujones y discusiones entre asistentes que buscaban acercarse más a la representación. Sin embargo, el orden se restableció y el recorrido continuó.

Entre los participantes, la experiencia fue intensa y personal. Algunos recorrieron los ocho barrios cargando pesadas cruces, mientras otros vivieron el evento desde la fe o la convivencia.

Para quienes interpretaron los papeles centrales, la vivencia fue más allá de lo físico. La representación concluyó en medio del silencio, con la mirada de miles de personas fija en la cruz, cerrando una jornada marcada por la devoción, el esfuerzo y la tradición.

Con información de: La jornada

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