Jul 19, 2024 / 08:16

Rogelina, retrato de una mujer pobre

Jazmín Verbena

Certamen Estatal de Periodismo Ético DGB 2024/Entrevista

Escuela de Bachilleres Morelos (30PBH08E)

No valoramos lo que tenemos. A veces creemos que con desviar la mirada las cosas desaparecen
—si no ves el problema no está ahí, dicen—; pero en cada esquina lo podemos ver, cada parque o en cada albergue. La pobreza no es sólo un problema, sino una realidad en México. Según datos de la Coneval, en 2022 se registró que el 36.3% de la población a nivel nacional se encuentra en un estado de pobreza.

Yo no era consciente de esto y puede que nunca comprenda cómo es que la sociedad permite que personas vivan en estados tan deplorables. Yo no era consciente… Hasta que Rogelina Ixtepa —mi abuela— me platicó su historia. Ella, con sus casi 81 años, me mostró lo que es tener una vida de carencias en México.

Rogelina nació en Santiago, Veracruz, en el seno de una familia pobre. Aprendió desde pequeña el valor del trabajo, esto gracias al ejemplo de su hermano mayor y el de sus padres. “Tuve una vida de gente pobre junto a mis ocho hermanos. El dinero no alcanzaba y mi hermano Rodrigo comenzó a trabajar como mecánico. Recuerdo que dormía en los autos viejos y que estudió por correspondencia Mecánica Automotriz para poder ir a los Estados Unidos, para mandarnos unos cuantos centavitos”, explica mi abuela con los ojos enrojecidos por revivir los sacrificios de su hermano.

Desafortunadamente el dinero seguía sin ser el suficiente, la única opción era comenzar a ayudar en casa para que el ingreso del hogar comenzara a crecer. Ella y sus hermanos comenzaron a ayudar a sus padres en su pequeño negocio. “Mi padre trabajaba de repostero y mi mamá lo ayudaba a hacer muchos dulces como rosquetes, gaznates, dulce de leche, etcétera. Nosotros también comenzamos a ayudarlo para que salieran a vender”, cuenta Rogelina.

Último cumpleaños de Rogelina.

Para ese entonces la familia ya tenía un poco de estabilidad, pero debido a la carga del hogar y del trabajo, su madre comenzó a trastornarse. Para poder aprovechar el tiempo del día, su madre sólo comía una vez, esto para que la comida alcanzara para todos. Ningún doctor supo diagnosticar correctamente a su madre y —con la poca información que les brindaban de su estado de salud— no pudieron tratarla. No fue hasta que pasaron unos años que pudieron costear una consulta en el Estado de México, donde la medicaron de acuerdo con su padecimiento.

Los medicamentos no le permitieron a su madre seguir trabajando, así que su padre buscó trabajo para todos sus hijos en una cortadora de piña. “Nos íbamos durante tres meses, que es lo que duraba la temporada de piña. Trabajábamos en Isla, en las bandas donde cortan y pelan la piña. Entrabamos de seis de la mañana a tres de la tarde, a veces trabajábamos más horas para que nos pagaran más”, continúa su historia Rogelina. Sin embargo, esta situación perjudicó sus estudios y terminaría la primaria hasta los 19 años. Eran tantas las materias reprobadas y las inasistencias a los exámenes parciales, que Rogelina no encontraba propósito alguno para seguir sus estudios. A pesar de que su madre la alentaba para continuar con ellos, no lo hizo. Antes prefirió buscar un trabajo para seguir sustentando el hogar.

Ella y su hermana Raquel comenzaron a trabajar en el sanatorio del doctor Trujillo, las aceptaron como ayudantes sin tener experiencia. Aprendieron a inyectar y a tratar a los pacientes. Rogelina trabajaba en el consultorio y su hermana, en el sanatorio.

El tiempo pasó, ella siguió trabajando y cuidando de sus pequeños hermanos, ocupando el lugar de madre para ellos. Su padre, con algo de esfuerzo, pudo abrir una pequeña cantina para que la familia prosperara; pero lo que no esperaban es que tiempos difíciles vendrían adelante.

“Me lo encontré en el carnaval, me invitó a dar una vuelta y después de conocernos fue por él que terminé con mi novio de ese entonces”. Así fue como conoció a su futuro esposo, Juan Canela. Rogelina sabía que él no tenía ni un sólo centavo, pero no le tomó importancia y confió en que después del matrimonio vendría la prosperidad. Sin embargo, el trabajo de su esposo no estaba dando los resultados esperados: El salario mínimo en México era bajo y las horas de trabajo eran exorbitantes. Él se iba por semanas —pues era trabajador en la construcción de carreteras—, pocas veces se presentaba en el hogar y cuando lo hacía era para dejar los despojos del dinero que había ganado.

La adicción al alcohol fue un hábito que ella no había visto en su marido. Las disputas por este motivo no se hicieron esperar. El vicio de Juan Canela consumía el poco dinero de la casa. Si las cosas eran difíciles, la situación se pondría peor cuando el padre de Rogelina cae enfermo por egropecia. Esa enfermedad lo mataría. Ella, para ese momento, tiene 21 años.

Funeral del padre de Rogelina.

“Fue difícil, pero debía de continuar —explica Rogelina—. Tenía algunos de mis hijos enfermos, necesitaba el dinero para llevarlos al doctor, porque me decían que podían morir”. Cuando dijo eso comenzó a enlistar los nombres de sus hijos del mayor al menor: Ana, Rosalba, Juan, Rodolfo, Dora y Carmen, ellos presenciaron el milagro de ver a su madre salir adelante. Al no tener mas que la educación básica, Rogelina se las ingeniaba para conseguir dinero. Comenzó a vender ropa junto con su cuñada, se iban hasta Veracruz para surtirse de unas cuantas prendas y poder revenderlas. Trabajos como estos le permitieron que sus seis hijos tuvieran educación.

Sus hijos se solidarizaron con ella, se repitió la historia y los más grandes comenzaron a trabajar. “Ana y Rosalba trabajaron como secretarias; Juan y Rodolfo, como mecánicos y Dora trabajó como mesera en una fonda. Todo esto mientras estudiaban por las noches”, dice orgullosa Rogelina. Por suerte, el alcoholismo de su esposo se redujo notablemente. Las cosas pintaban mejor.

Aún hay recuerdos de aquellos momentos tan duros, momentos que los puede recordar vívidamente. “Antes podíamos pasar dos días sin comer, pedir fiado era algo común para nosotros. ¿Si no cómo sobrevivíamos? Sólo para pan o huevo alcanzaba el dinero, por eso detesto comer huevo. Pasamos por muchas humillaciones”.

Cuando sus hijos fueron creciendo decidieron ir a la capital de Veracruz, querían estudiar la universidad y comenzar a trabajar. El dinero era justo. Ya no faltaba, pero tampoco sobraba. Ver a sus hijos salir uno por uno de su hogar fue triste; pero también gratificante: Eran los frutos de su esfuerzo y son la prueba de cómo se superó a ella misma. Demostró que el pobre no es pobre porque quiere, como dicen. “Ahora son licenciados, maestras, contadoras y arquitectos”, dice Rogelina mientras sonreía y miraba a su alrededor. Se notaba satisfecha. Sólo ella sabe lo que es vivir con las cicatrices de la pobreza.

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CD/YC

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