Ago 12, 2026 / 10:15

Exposición repasa las residencias de Tamayo, Nieto y Toledo en París

México.- Tres artistas oaxaqueños, Rufino Tamayo (1899-1991), Rodolfo Nieto (1936-1985) y Francisco Toledo (1940-2019), tuvieron estancias en París en diferentes momentos, incluso, en muchas ocasiones convivieron en la capital francesa. El Museo Tamayo revisará estas residencias y experiencias por medio de la exposición Tamayo, Nieto, Toledo: Los años en París, curada por Juan Carlos Pereda, que se abrirá al público el 20 de agosto. El casi centenar de obras, entre pintura, gráfica, dibujo y collage, proceden de colecciones públicas y privadas.

La primera vez que Tamayo viajó a Europa fue en 1949; se instaló en París. Ya había pasado temporadas en Nueva York desde 1936. En 1987/1988, con motivo de la magna exhibición Rufino Tamayo: 70 años de creación, la crítica de arte Raquel Tibol escribió: “Tanto en negro como en color, la litografía resultó un procedimiento muy apropiado a la sensibilidad de Tamayo. Las cromolitografías hechas con la Guilde de la Gravure en París durante 1950, 1952 o en fechas posteriores, son notables en finura y elegancia. Los efectos muy delicados poseen una gran coherencia.

“Siete de las litografías trabajadas en Francia fueron vistas en México por primera vez en la muestra individual de Tamayo para el Salón de la Plástica Mexicana en junio de 1951. Ellas fueron: Cazador de pájaros, Hombre contemplando la luna, Coyote en la noche, Naturaleza muerta, Mujer con sandía, Hombre y Dos mujeres.”

Otros dos críticos de arte, Margarita Nelken y Jorge Juan Crespo de la Serna, supieron valorar la importancia de lo logrado en color, composición y finura. Escribía Crespo: “¡Qué estupenda ésa en que son sólo tres rebanadas de sandía establecen el ritmo y la armonía de una divina ‘fuga’ musical! ¿Qué es lo sidéreo y qué es lo terráqueo en estas tres húmedas tajadas?”

Por su parte, Nelken calificaba de sonoros sus colores pues, según ella, sólo recorriendo la sucesión diatónica musical se podían definir los violetas, los amarillos en su gama del casi blanco al casi ocre, los azules nocturnos, los rojos encendidos, la profundidad escasa de los negros. En esa sonoridad, la también escritora descubría una resurrección de los códices iluminados.

“Los expertos supieron ponderar el muy alto rendimiento de Tamayo como litógrafo. Sus obras en esa técnica comenzaron a venderse en la sección de ediciones limitadas del Museo del Louvre, y en 1952 recibió dos encargos para ilustrar con litografías originales los libros Aztlán, songes mexicains, de Man’Ha Garreau-Dombasle, y Air mexicain, de Benjamín Peret, editados, respectivamente, por La Porte Etroite y la Librarie Arcanes. Su muy refinado uso de las tintas y los efectos litográficos fue ampliamente reconocido.

“En 1959 surgió para Tamayo la oportunidad de realizar un trabajo excepcional: la ilustración con 15 litografías a tres y cuatro tintas del Apocalipsis de San Juan para la Colección de Libros de Pintores Contemporáneos de la Association Internationale de Bibliophilie. La exquisita edición fue hecha por Jaspard, Polus et Cie. Esta serie demuestra un enorme despliegue imaginativo y un dominio del todo sutil de la técnica. En la litografía Tamayo encontró un campo para el esplendor técnico de insólita delicadeza y sorprendente originalidad.”

Condición de los humanos de la posguerra
Rodolfo Nieto se trasladó a París en 1960 con la idea de ampliar su horizonte plástico. Durante su estancia de casi una década planteó una fusión gráfica inédita entre el ser humano y los animales, que mostró plásticamente sentimientos y emociones de vulnerabilidad como son el miedo, la soledad y la angustia existencial. En su serie de dibujos, ilustraciones y collages Zoología mental colocó a la imaginación como conocimiento intuitivo y a la hibridación como un principio estructural inédito. Al igual que Tamayo, Nieto exploró la condición de los seres humanos de la posguerra.

En París trabajó litografía en diferentes talleres, el de Mourlot, por ejemplo, y grabado en metal en el de Stanley William Hayter, lo que le permitió profundizar el estudio de sus técnicas. También frecuentó el taller Bramsen. En 1963 ingresó a la prestigiada Galerie de France donde celebró su primera exposición en 1964, luego, en 1967. Participó en la Bienal de París con el óleo Hombre en el metro y obtuvo un primer premio. En la Ciudad Luz entabló una relación con Julio Cortázar, Octavio Paz y Rufino Tamayo, entre otros.

Ilustró para la editorial de Maurice Nadeau la edición francesa del Manual de zoología fantástica, de Jorge Luis Borges. Dos años después realizó una serie de litografías en el atelier de Michel Casse. Ese mismo año elaboró la escenografía para un ballet de Graciela Martínez presentado en el Museo de Arte Moderno de París. En 1968 trabajó para la editorial alemana Manus press una serie de xilografías basadas en el texto Bestiario, de Juan José Arreola.

En 1969, al retornar a México, expuso en el Museo del Palacio de Bellas Artes su serie de collages Laboratorio en papel, realizada en París. En 1984 regresó a Europa: en París y Barcelona produjo obra pictórica, litográfica y plástica.

Francisco Toledo viajó a París por primera vez también en 1960 y su estancia abarcó cinco años.

En el libro en cuatro tomos editado por Fomento Cultural Banamex de la obra del artista, Gonzalo Vélez escribe que el galerista Antonio Souza le había dado referencias de personas que debía ver, entre ellos a Rufino y Olga Tamayo, que vivían en el barrio Latino: “fue a visitarlos y ellos lo recibieron cálidamente, en especial al saber que era oaxaqueño. Toledo siempre se ha expresado con amplia gratitud y generosidad acerca de Tamayo, de la manera como lo apoyó. Tamayo le propuso, de entrada, que cuando vendiera cuadros propios podía vender también de Toledo. Efectivamente lo hizo, de manera sostenida, y esto permitió que el joven de Juchitán tuviera un flujo de dinero relativamente continuo para irse quedando en París”.

El escritor y crítico de arte francés André Pieyre de Mandiargues, “quien en esa década tenía una alta reputación y gozaba de mucha influencia en el medio artístico parisino, se fijó muy pronto en la obra de Toledo, en cuya iconografía fantástica y orígenes exóticos pretendió ver acaso el último despunte de un tardío surrealismo pancultural, ligado a una lectura freudiana de desinhibido erotismo. El rechazo a incorporarse a las tendencias en boga y, en cambio, la afirmación de su estilo singular referido a sus orígenes fueron lo que le valió a Toledo, finalmente, su incursión en las galerías europeas. Él, en realidad, se estaba nutriendo básicamente de sus recuerdos infantiles idealizados, de su nostalgia tropical por los sitios familiares”, acota Vélez.

Con el tiempo, “importantes galeristas promovieron activamente su obra en Europa y, más tarde, en Estados Unidos. De pronto el joven artista oaxaqueño tuvo oportunidad de trabajar una placa de metal en París con Stanley William Hayter, uno de los mejores impresores gráficos del orbe. Todo un sueño. A partir de ese momento, Toledo comenzó a desplegar su ejemplar maestría en el grabado. La efervescencia dibujística de su infancia y juventud empezaba a rendirle frutos”.

De acuerdo con Vélez, en 1965, retornar a sus raíces “se volvía un pensamiento cada vez más obsesivo para Toledo. Sentía un deseo irrefrenable de dejar de ser extranjero, de regresar a Oaxaca, de asentarse en Juchitán, de hablar zapoteco, de tener una esposa y una familia en esa lengua. Mientras tanto, en el extranjero, el trabajo de Toledo se movía cada vez mejor”.

Los años que siguieron al 68 fueron también de muchos traslados, sobre todo a París y Nueva York, donde tuvo una exhibición relevante en 1970, así como varias en la Ciudad de México. “Los años formativos de Toledo en París fueron cruciales para construir la persona de este gran artista”, concluye Vélez.

Tamayo, Nieto, Toledo: Los años en París, se exhibirá del 20 de agosto al 15 de febrero de 2027 en el Museo Tamayo (Paseo de la Reforma 51, Bosque de Chapultepec).

Con información de: La Jornada

CD/AT

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