Ene 21, 2026 / 09:08

El silencio de una niña: Grito a la sociedad

La delgada línea entre mi opinión y la tuya

Julio Vallejo

En la orilla de una de las carreteras de México, ahí se encontraba un comedero de escasos tres por dos metros, donde una señora no tan grande, hacía unas tlayudas. Platicando y comiendo ese suculento platillo, salió a la luz que ella acababa de regresar a su pueblo. Había salido a la edad de 14 años de el, porque su padre la quería casar con un señor mayor, y a cambio le darían un par de vacas. Pensó que después de 20 años de vivir en Estados Unidos era tiempo de regresar a su pueblo a visitar a su familia,y que aquellas prácticas, ahora serían diferentes, exclamo ella. Al padre le dio mucha emoción verla y más porque llevaba a una hija de 14 años a la cual, en dos días, ya la había ofrecido, cosa que molestó a la madre y salió huyendo nuevamente.

Este acontecimiento me hizo reflexionar en el silencio de una niña de 10 años, acompañado de un par de lágrimas junto al dolor de madre, sí; leíste bien, dolor de madre. Su inocencia la había perdido y pronto podría perder su vida también. Ella podría pasar a ser una suma más de las 21 niñas menores de 15 años que cada día se convierten en madres en México, ya que en nuestra nación el embarazo infantil ocurre todos los días. Eso lo marca una cifra cruel y fría de cada nosocomio, a esto súmale todos aquellos abortos clandestinos o las pérdidas de vida que no logran llegar a un hospital.

Esta niña de la que hablo es de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, lugar conocido por su cultura indígena y arquitectónica. Y aunque parezca ironía, ahí se exploran las maravillas naturales, pero hace unos días esta niña dio a luz y está en situación de vida o muerte. Pareciera que el estado que lo tiene todo será un punto de partida para que esa atmósfera mágica y su gastronomía rompa con todo este daño infantil por medio de usos y costumbres, donde se ve con normalidad el que se casen jóvenes o sean cambiadas por una vaca.

Aunque no solo la condena es de usos y costumbres; también del Estado, la sociedad y la familia, donde cada una está fallando en este tema. Es decir, el Estado falló en la prevención, la justicia y la implementación de la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA). La sociedad no hace nada ante estas noticias, guarda silencio, normaliza los “usos y costumbres” de cada pueblo que permite el matrimonio infantil. Y, por último, la familia/comunidad, donde hay falta de educación, supervisión y denuncia.

El futuro perdido de esas niñas va acompañado de riesgos médicos o tal vez la muerte. Los pormenores, si así se les puede llamar, serían una deserción de sus estudios, una vida truncada, la perpetuidad del ciclo de la pobreza y vulnerabilidad. Es así como todo esto trunca la vida de una niña que no jugará con muñecas, si no con una vida más en este universo, que, a largo plazo, quién sabe si se vuelva a repetir la historia de su madre, o como el de la señora que conocí.

Por eso hay que erradicar este problema social, no hay opciones; tenemos una obligación moral. Y la próxima vez que escuches la cifra de 8,218 adolescentes embarazadas, que yo pienso que son más, recuerda que el silencio nos vuelve cómplices y normalizarlo es peor. Hagamos desde lo que nos corresponde para proteger a quienes no lo pueden hacer por sí solos; por último, jamás habrá justicia; solo administración de la violencia por parte de las autoridades. O tú qué opinas.

CD/VC

* Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Cambio Digital.

Otras Columnas: