
“El alma es un vaso que solo se llena con eternidad”
Sursum Corda
José Juan Sánchez Jácome
Impresiona ver a un Cristo cansado al medio día, a un Dios sediento y necesitado. Jesús que tantas veces se sentó para enseñar divinamente como un Maestro, para saciar con sus palabras la sed de Dios en las personas, ahora también se sienta como un pordiosero que se pone en nuestras manos, que apela a la caridad ante su necesidad.
En los evangelios se constata el deseo ardiente que Jesús tiene de la fe de las personas. Se puede entender de dos maneras el gesto que describe el evangelio, cuando Jesús se sienta. En primer lugar, cada vez que Jesús habla como un maestro se sienta. Así se va destacando en varias partes del evangelio, como en el Sermón de la montaña (Mt 5, 1). Como los grandes maestros, se sienta delante del pueblo para enseñar.
Pero también Jesús se sienta como los pobres, como los ciegos que gritan su necesidad y que no tienen otra forma de llamar la atención, más que apelando a la caridad de la gente que pasa. Se sienta como un pordiosero y expresa vivamente su necesidad: “Dame de beber”. No son órdenes de descortesía de un hombre a la samaritana, sino su acuciante necesidad que reclama la comprensión y caridad de la mujer. Al sentarse junto al brocal del pozo de Sicar, manifiesta su necesidad y su deseo de ser socorrido por el hombre.
Se sienta el Señor para hacer más expresiva, con su gesto y sus palabras, la necesidad que tiene de nosotros, para conmovernos con el ardiente deseo que tiene de nuestra fe. Por eso, desconcierta ese Cristo sediento que, como a la mujer samaritana, también nos pide a nosotros junto al pozo de Sicar: “Dame de beber”.
El Señor que había saciado la sed de infinito de tantas personas ahora se reconoce necesitado de nosotros, de algo que todos tenemos y que jamás nos arranca el pecado. Necesita de nuestra fe, de nuestro amor, de nuestra respuesta confiada al ofrecimiento de su amor.
Sentado, cansado y asumiendo la postura del pobre que grita su necesidad, que suplica por agua, se asemeja a esos ciegos que sentados a la vera del camino piden auxilio, gritan su necesidad, cuando sienten que se aproxima la vida, cuando perciben la cercanía del Señor.
El Señor que siempre está redimiendo aprovecha su indefensión, su sed, su sufrimiento, para hacer más patente y expresiva la necesidad que tiene de nosotros, el anhelo que tiene de que entremos en comunión con Él para que recibamos de esa agua que sacia nuestra sed más profunda.
El Señor no se acerca a nuestra vida de manera deslumbrante ni con todo el despliegue de su poder, como tantas veces quisiéramos. Más bien se acerca humildemente para revelarnos su debilidad de amor, para convencernos de lo que nosotros mismos podemos hacer por un Dios que clama a nuestro corazón.
Sorprende que el Señor me pida de beber cuando constato la aridez de mi pozo espiritual, cuando me siento vacío en mi interior, cuando no puedo sostenerme a mí mismo. Pero Dios quiere llenarlo de su presencia e irrigarlo de esa agua viva capaz de dar la vida eterna.
No importa que hayamos murmurado, que nos hayamos alejado, que hayamos sido enemigos de Dios, que hayamos protestado contra Dios. El Señor siempre nos buscará y nos redimirá no sólo desde su poder, sino incluso desde su debilidad, desde su necesidad, suplicándonos que abramos nuestro interior, que abramos nuestro pozo a este surtidor de agua viva que es su santísimo amor.
La samaritana a pesar de su vida pecaminosa e incluso de su misma historia compleja, que fue revelada por el Señor, tenía cómo saciar la sed de Cristo. Al final salió corriendo y aunque tiró el cántaro, Jesús ya había saciado su sed, ya se había colmado de la fe de esta mujer.
Por su parte, los apóstoles habían ido al pueblo a comprar comida. Era la única relación posible que podían sostener judíos y samaritanos, confrontados históricamente. Solo podían sostener relaciones comerciales. En cambio, Jesús rompe los prejuicios y las barreras que los dividían para sostener una relación personal con esta mujer y para llevarla a la fe.
Sorprende también la fascinación que el Señor provoca en ella al grado de dejar su cántaro por la prisa que sentía de ir a anunciar lo maravilloso que Jesús se había portado con ella. Se confirma en la samaritana lo que Jesús provoca en las personas. Es tan intenso y conmovedor el encuentro con el Señor, que se siente la necesidad de comunicarlo para que otros también lo conozcan y beban de esta fuente de salvación.
En el pozo de Sicar confluyen la sed del hombre y la sed de Dios. Después de acudir a tantas fuentes vistosas y sofisticadas que hay en este mundo, reconocemos que nos dejan sedientos, cansados y frustrados al no satisfacernos como quisiéramos.
Esto lleva a Benedicto XVI a sostener que: “El hombre lleva en sí mismo una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto; el hombre lleva en sí mismo el deseo de Dios”.
Dios, por su parte, muestra su debilidad por el hombre, la necesidad que tiene de nosotros: anhela beber de nuestro pozo interior. Aunque nos preguntáramos con preocupación ¿cómo se alimenta a un Dios? ¿cómo se da de beber a un Dios?, llegaríamos a reconocer con sorpresa que, a pesar de nuestra indigencia y fragilidad, Dios nos necesita.
Sobre la sed de Dios reflexiona Madre Teresa de Calcuta: “¿Por qué dice Jesús: ‘Tengo sed’? ¿Cuál es el sentido de esas palabras? Es muy difícil explicarlo. Sin embargo, deben acordarse de una sola cosa y es ésta: ‘Tengo sed’. Es una palabra mucho más profunda que si Jesús les hubiera dicho simplemente ‘Los amo’. Mientras no sepan, y de manera muy íntima, que Jesús tiene sed de ustedes, les será imposible saber qué es lo que Él quiere ser para ustedes; ni tampoco qué es lo que quiere que sean para Él”.
También el Catecismo de la Iglesia católica, en el número 2560, se refiere a esta cuestión: “La oración es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4)”.
Decía Amado Nervo que: “El alma es un vaso que solo se llena con eternidad”. Este aspecto lo desarrolla de manera conmovedora el filósofo español Miguel de Unamuno en una carta a un amigo que le reprochaba su anhelo de eternidad, como si fuera una forma de orgullo y de presunción:
“Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual. Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada. Es muy cómodo eso de decir: ¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida! ¿Y los que no nos contentamos con ella?”
Reconociendo con gratitud la sed que Dios tiene de nosotros, me siento conmovido y con la necesidad de corresponder a su infinito amor. Por eso, expreso mi gratitud y mi compromiso a través de esta oración:
“Señor Jesús, no me quejo de mi vida ni de las cosas que me pasan, pero nada me satisface totalmente, nada me llena. No es que necesite más y más cosas, es que te necesito a ti. Solo tú puedes llenar la sed de infinito que hay en mi corazón. Por eso te suplico que vengas a mi vida y que me unas cada día más íntimamente a ti, para que yo pueda ayudarte en la construcción de un mundo más justo y fraterno. Amén” (P. Eduardo Sanz de Miguel, ocd).
CD/AT
* Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Cambio Digital.
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