Sep 01, 2026 / 10:00

Cuando el poder cambia hasta la forma de caminar

Hay quienes llegan a un cargo de elección popular y, apenas reciben la constancia de mayoría, parecen descubrir que son una especie distinta de ser humano.

Se les olvida que siguen siendo mortales, que tienen los mismos defectos y virtudes que cualquier ciudadano y que, por encima de todo, el cargo es temporal y la dignidad debería ser permanente.

En Veracruz tenemos el caso de un presidente municipal que, desde que ganó la elección y comenzó a disfrutar de las mieles, y del dinerito, del poder, parece haber emprendido una curiosa transformación personal.

Primero cambió el corte de pelo. Después cambió la manera de hablar. Y, según quienes lo conocen desde antes, hasta la forma de caminar es diferente.

¿Será que el poder también cambia la postura?

Lo verdaderamente preocupante no es que alguien quiera verse mejor, vestirse mejor o cambiar de estilo. Cada quien es libre de hacerlo.

El problema aparece cuando esos cambios exteriores vienen acompañados de una transformación en la manera de tratar a los demás, particularmente a quienes estuvieron cerca antes de que llegara el cargo.

Porque el poder no es una herencia familiar. Tampoco es una propiedad privada ni un título nobiliario. Es un encargo ciudadano con fecha de caducidad.

Y eso deberían recordarlo todos los días quienes ocupan una presidencia municipal.

Resulta todavía más curioso cuando quien hoy disfruta las mieles del cargo fue, no hace mucho, de los que aseguraban que no querían ser presidente municipal. Que no les interesaba. Que no buscaban el puesto.

Pero llegó la elección, llegaron los votos y, aparentemente, también llegó una nueva personalidad.

Hasta con algunos miembros de su propia familia habría cambiado la relación.

Tal vez el problema no sea que el poder transforme a las personas. Tal vez el poder simplemente revela quiénes eran realmente.

Por eso existe una prueba mucho más importante que una encuesta, una elección o un acto multitudinario. La prueba del después.

El verdadero escrutinio comienza el día en que termina el encargo.

Cuando ya no haya oficina, camioneta, reflectores, funcionarios esperando instrucciones ni ciudadanos obligados a saludar.

Cuando pueda caminar por el parque de su ciudad.

Cuando pueda sentarse en una banca.

Cuando vuelva a recorrer las calles de su pueblo sin séquito y sin cargo.

Ese día sabremos si realmente ganó una elección o si simplemente ganó, por un tiempo, el privilegio de sentirse importante.

Mientras tanto, que continúe la transformación.

Que cambie el corte de pelo, la manera de hablar y hasta la forma de caminar. Que disfrute el dinero y las mieles del poder mientras duren.

Porque el calendario también vota.

Y cuando llegue el día de entregar la oficina, el poder se irá por la puerta y la persona tendrá que quedarse a enfrentar la realidad.

Entonces, quizá, volvamos a hablar de él.

CD/GL

Otras: