'Lapidarium', del artista Gustavo Aceves, “apela a la dignificación del ser humano”
México.- El conjunto escultórico Caballos de San Marcos de Venecia se exhibió en México en 1981 tras una travesía final por el mundo. El artista mexicano Gustavo Aceves (CDMX, 1957) se sintió impactado por estas piezas y lo inspiraron años después para su proyecto monumental Lapidarium, como “leitmotiv de algo mucho más importante: el fenómeno migratorio”.
El pintor adelantó a La Jornada en entrevista que prevé traer a México esa exposición en el espacio público, como última parada, en 2029, luego de un exitoso periplo por las ciudades italianas de Pietrasanta, Roma y Berlín, y, próximamente, Atenas, Estambul y Nueva York.
La migración ha estado presente en cada parte de este proyecto, concebido como un work in progress, que se vincula y adecua a su entorno. En cada ciudad que ha tocado, ha tenido un recibimiento entusiasta del público.
El proyecto escultórico tiene la finalidad de crear “empatía hacia el migrante, en un momento en el que el ICE (el estadunidense Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) realiza acciones de gravedad enorme: niños separados de sus padres y familias rotas frente a la indiferencia de casi todos”, dijo su autor.

Francesco Buranelli, director de Museos del Vaticano en 2011, eligió en su momento al creador mexicano para participar en la Bienal de Venecia. Lapidarium fue el trabajo resultante. El italiano lo describió como “una reflexión acerca de un tema esencial de la historia de la humanidad: la migración. Ante la incontenible barbarie de nuestro tiempo, Aceves apela a la dignificación del ser humano mediante el mensaje sobrecogedor de su arte”.
Continuó: “la inaudita crueldad y violencia de la Conquista española, nunca olvidada en el imaginario colectivo de los mexicanos, emerge nuevamente de la profundidad de los recuerdos ancestrales de Aceves cuando pone al caballo sobre un andamiaje simbólico, una embarcación, recuerdo de los galeones españoles y de la conquista de Mesoamérica, pero también imagen de la canoa autóctona del Níger y de las barcazas naufragadas en las aguas del Mediterráneo”.
Al asumir el encargo de Museos del Vaticano, Aceves viajó con la fotógrafa Gabriela Malvido a África y las imágenes que ella capturó se convirtieron en referente. En ese continente, el creador ideó su propuesta, nacida de la pregunta sobre que los caballos exhibidos en el principal templo de la ciudad sean símbolo de Venecia, donde no hay caballos.
En la mente del pintor se creó la relación: “Venecia son los caballos. San Marcos (patrono de la ciudad) naufraga ahí. Se fue a Alejandría. Fui a Alejandría. Empezó a armarse el rompecabezas con el naufragio, los caballos, la barca y decido ir a Italia a hacer esculturas de caballos. Cuando pensé en el proyecto vinieron por asociación los de San Marcos que vi en la Ciudad de México, que trajeron cuando yo era joven. Esto es Lapidarium”.
El artista, en la declaración de principios sobre la magna muestra, expuso: “Lapidarium nace como proyecto en las aguas del Níger / una patera cargada de hombres, mujeres y niños, mitad barca del Caronte, mitad caballo de Troya. / Lapidarium es un testimonio mudo / silencioso como el silencio de los inmigrantes a mitad del camino.

“Cada escultura en Lapidarium es una esquela / el total de ellas forma un obituario. / Lapidarium no es una arqueología de las migraciones humanas. / Lapidarium es una relectura de ese nuevo léxico que empieza con la B de Bárbaro y termina con la X de Xenofobia / y entre ellas, como puente ignominioso, / la S de los sans papiers (indocumentados)”.
De ser pintor, Gustavo Aceves asumió expresarse a partir de la escultura con Lapidarium. “Concibo la pintura como algo mucho más privado. En cambio, la escultura necesita un espacio público, donde la gente sin preparación exclusiva pueda contemplar una obra y reflexionar acerca de ella.
Aspectos de ‘Lapidarium’, de Gustavo Aceves, durante sus exposiciones en el Coliseo Romano, de Italia, y frente a la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, Alemania. Foto Mario Basilio
“He percibido con estas exposiciones en diferentes plazas públicas que la experiencia personal determina el grado de comprensión que se tiene. Es innegable la parte intuitiva que hace percibir a la gente que ahí se está hablando de algo serio. Si no tienen respuestas, al menos empiezan a hacer preguntas.”
El origen del proyecto es “la errancia, el viaje, el atrevimiento para llegar a la otra orilla. Estamos hablando de la cultura de Occidente, de la deuda que tiene con las culturas originarias”, comentó Aceves, para quien el valor del arte es que “sirve para humanizar al hombre”, lo que por consecuencia producirá una sociedad más pacífica.
Gustavo Aceves mencionó que pensó en Caballos de San Marcos para “hablar de la migración, porque encarna la movilidad, el saqueo, el botín de guerra y un cierto despojo” por su trasiego durante siglos. El conjunto fue sustraído de la ciudad griega de Corintio por los invasores de Roma y luego llevada a Estambul. Otras campañas militares la tomaron de botín para Venecia y la Francia de Napoleón, cuya caída significó el retorno a la ciudad italiana.
La obra tuvo un último recorrido expositivo en los años 80 del siglo pasado, antes de ser confinada en la Basílica de San Marcos. Pasó por Londres, París, Nueva York y Ciudad de México, traída por Fernando Gamboa al Museo de Arte Moderno.
La exposición Lapidarium se titula así, refirió el creador, porque esa palabra nombra el espacio en museos como los del Vaticano o el Louvre, donde se resguardan fragmentos de esculturas que causan indiferencia, pero no se pueden desechar. “Son un problema más que un patrimonio. Para evocar el fenómeno migratorio esta idea fue perfecta: ‘algo que es un problema que hay que resolver’”.
Las esculturas de Aceves mezclan la estética griega de los caballos de San Marcos con elementos de pueblos africanos; por ejemplo, una barca primitiva de ese continente y del techo de la caverna de una persona del pueblo Dogón, “con piedras que parecen cráneos. Los retomo para agregarlos a los caballos”, explicó el artista.
Otro motivo es una especie de mástil erigido en el lomo de una de sus figuras. Representa un antiguo mecanismo que se usa en África para cerrar los hogares. “Lo usé como metáfora del migrante, quien no se puede llevar su casa y, al menos, se lleva el ‘candado’”.
Aceves apuntó que sus caballos son únicos e irreproducibles, como los individuos. Los materiales fueron cambiando. Comenzó con desperdicios que llegaban a la playa, como fragmentos de madera, trapos y alambres, y luego empleó bronce y mármol.
Fue en la ciudad italiana Pietrasanta donde se materializó el proyecto, en 2014. Un año después lo realizó frente a la Puerta de Brandeburgo, en Berlín, para conmemorar el fin de la Segunda Guerra Mundial con una serie de obras monumentales. En 2016 presentó otra etapa de Lapidarium en el Foro Imperial, en Roma.
Pietrasanta, conocida por la realización de escultura desde el medievo, es cercana a Carrarra, de donde Miguel Ángel obtuvo los bloques de mármol para sus emblemáticas piezas La Piedad y el David, y para la Capilla de los Medici. Ahí, Aceves vivió un tiempo y realizó una maqueta de 200 caballos que lo ha guiado desde entonces. Las piezas de 80 centímetros se han convertido en obras de cinco metros y más, en bronce, mármol y fierro fundido.
Imagen
El proyecto tiene la finalidad de crear “empatía hacia el migrante, en un momento en el que el ICE realiza acciones de gravedad enorme: niños separados de sus padres y familias rotas frente a la indiferencia de casi todos”, expresó Gustavo Aceves, en la imagen, durante la entrevista con ‘La Jornada’. Foto Marco Peláez
Exposiciones insólitas
En la primera instalación de Lapidarium, en esa ciudad italiana, el artista colocó bloques de mármol que sumaban 130 toneladas para “poner a navegar un caballo monumental de 12 metros en bronce blanco. Los monolitos fueron seleccionados para dar la sensación de olas”.
En el caso de Berlín, donde la muestra tenía el subtítulo de El origen de la tragedia, los caballos fueron instalados sobre rieles de tren para representar a las víctimas del Holocausto que eran llevadas en ferrocarriles hacia su fin. Una de las piezas frente a la Puerta de Brandeburgo tenía tatuados números que remiten a los campos de exterminio .
Fue inédita la instalación en ese sitio, que desde la época de Hitler no había recibido ninguna obra, pues se debía contar con el acuerdo de los cuatro países que ganaron la guerra: Rusia, Inglaterra, Francia y Estados Unidos, que sí consiguió Aceves.
En Roma, el artista tuvo el privilegio de instalar una escultura pública frente el Coliseo, lo que no se permitía desde la época de Nerón. Para esa etapa de la exposición, subtitulada Esperando a los bárbaros, creó obras de hierro fundido con un color rojo parecido al de los ladrillos del mercado de Trajano. “La gente en el Foro Imperial creía que eran caballos que se habían rescatado del propio sitio”, recordó Aceves.
Adelantó que su próxima exposición en Grecia, donde prevalece el mármol pentélico, “las esculturas serán 80 por ciento de ese material. El tema será La Odisea, pero sin hombres, sin Ulises, sino con protagonistas femeninas, quienes representan cosas muy interesantes”.
En Estambul, por la cultura bizantina marcada “por el oro, el mosaico, etcétera, los caballos serán completamente distintos. Londres es mucho más industrial. De México no voy a decir de qué van a ser”; expuso Gustavo Aceves.
La crítica de arte europea ha reconocido en el colosal proyecto de Aceves elementos como el amoroso impacto en la conciencia, la unión de ética y estética, el regreso a la belleza y paz interior, y su desafío al “nihilismo destructivo imperante”.
El crítico Jorge Juanes consignó sobre las piezas: “caballos que llevan marcada en la piel y cargan en las entrañas la memoria de la barbarie que presidió y preside la historia del género humano: números marcados sobre los cuerpos simbólicos de los animales emplazados, corazones sacrificiales, cráneos humanos.”
El experto Claudio Strinati ve en Lapidarium “la gran monumentalidad que perteneció al mundo clásico, donde la imagen del caballo es uno de los símbolos más destacados de la misma historia de la humanidad. Su mensaje es universal aunque esté dirigido, sobre todo, al mundo de los vencidos, de los migrantes, de los que han perdido todo”.
Aparte, Claudio Parisi Presicce, superintendente capitolino de Bienes Culturales de Roma, afirmó que “la obra de Aceves crece en cada etapa –que partió de Pietrasanta en 2014 y ha sido lanzada ya en este viaje por el mundo– quizá para hacer oír con más fuerza la voz de su mensaje en cada lugar donde se detiene. Un grito del arte provocado por un ejército de caballos, símbolo de libertad, de fuerza feroz y belleza, de soberanía y victoria. Pero también de derrota, de dolor y de muerte”.
En tanto, la escritora y editora María Virginia Jaua asevera que Lapidariuim “a la vez participa de la herencia cultural de la humanidad y pone en crisis las injusticias cometidas por los guardianes del Apocalipsis y sus cómplices”.
Con información de: La Jornada
CD/AT
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