
El periodismo no puede ser refugio de delincuentes
Crónicas del Poder
José Luis Pérez Cruz
Es hora de romper las narrativas simplistas
Para muchos, el periodismo sigue siendo uno de los oficios más nobles de una sociedad democrática.
Es una profesión que no siempre nació en las aulas universitarias.
Grandes cronistas, reporteros y narradores construyeron trayectorias memorables guiados por la disciplina, la observación y el compromiso con la verdad, mucho antes de que existieran facultades especializadas en comunicación.
También es cierto que miles de periodistas formados en las universidades han convertido esta actividad en una vocación de servicio público, un auténtico apostolado donde la información se entiende como una herramienta para fortalecer la vida democrática.
La calidad profesional no depende exclusivamente de un título, sino de la ética con la que se ejerce el oficio.
Sin embargo, esa misma nobleza ha sido aprovechada por quienes encontraron en el periodismo una máscara conveniente.
A lo largo de los años, la profesión ha sido ocupada por personas provenientes de diversas disciplinas —abogados, economistas, ingenieros y especialistas de múltiples áreas—, enriqueciendo en muchos casos el debate público. Pero también ha sido utilizada por individuos que buscan algo muy distinto: protección, influencia o impunidad.
El problema surge cuando la credencial periodística deja de ser un instrumento de trabajo y se convierte en un escudo para actividades ajenas a la comunicación.
EL SUR CON MUCHOS CASOS
En distintas regiones de Veracruz, particularmente en el sur del estado, han surgido casos que alimentan una percepción preocupante: personajes que se presentan como comunicadores mientras mantienen presuntos vínculos con actividades ilícitas o grupos criminales.
La gravedad del fenómeno radica en que estas conductas no sólo afectan la imagen de quienes las protagonizan. Dañan a toda una profesión.
Cuando una autoridad actúa contra una persona que también ejerce labores informativas, de inmediato surge la sospecha de persecución. Y esa sospecha es legítima en un país donde periodistas han sido víctimas de amenazas, agresiones y asesinatos. Pero precisamente por ello resulta indispensable distinguir entre la defensa de la libertad de expresión y la protección de quienes pretenden utilizarla como coartada.
No todo periodista señalado por una autoridad es culpable. Tampoco toda acción gubernamental contra un comunicador constituye un atentado contra la prensa.
La diferencia debe estar sustentada en pruebas, investigaciones sólidas y absoluto respeto al debido proceso. De lo contrario, se corre el riesgo de criminalizar injustamente a periodistas auténticos o, en sentido contrario, de convertir en mártires a personas que nada tienen que ver con el ejercicio profesional de informar.
ROMPER LAS NARRATIVAS SIMPLISTAS
El reto es incómodo porque rompe con narrativas simplistas. No es políticamente correcto decirlo, pero la realidad obliga a hacerlo: la libertad de prensa no puede convertirse en patente de impunidad. Defender al periodismo implica proteger a quienes informan con honestidad, no a quienes utilizan la profesión como cobertura para intereses oscuros. Si esta distinción no se establece con claridad, el daño será profundo. La ciudadanía terminará desconfiando de los medios, las agresiones reales contra periodistas perderán visibilidad y los verdaderos comunicadores cargarán con el desprestigio provocado por unos cuantos. La credibilidad es el principal patrimonio del periodismo. Cuando se pierde, no hay credencial, título universitario ni discurso de victimización capaz de recuperarla. Y esa es una reflexión que la profesión no puede seguir postergando. Y cuidado porque últimamente hay la costumbre de construir “héroes” por solo cargar una libreta o un celular.
AL OIDO
A escasos 27 días de que concluya el primer semestre de los gobiernos municipales, en el sur de Veracruz comienza a respirarse una sensación incómoda: a varios alcaldes se les agotó el combustible político. La energía de los primeros meses —esa que los llevó a inaugurar hasta una banqueta recién pintada y a caminar colonias bajo el sol abrazador— hoy luce diluida entre oficinas climatizadas, agendas controladas y discursos reciclados. Como locomotoras detenidas a mitad del trayecto, algunas administraciones locales han ido perdiendo fuerza justo cuando la ciudadanía esperaba velocidad, carácter y resultados más visibles.
CD/AT
* Las opiniones y puntos de vista expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente reflejan la línea editorial de Cambio Digital.
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