Vocación por la masividad de González de León se preserva en edificios insignia de la CDMX
México .- La Ciudad de México ofrece un recorrido histórico de varios siglos gracias a una serie de edificios emblemáticos. En cuanto a la segunda mitad del XX y principios del XXI destacan las oficinas centrales del Infonavit (1975), El Colegio de México (1976), el Museo Tamayo (1981), la remodelación del Auditorio Nacional (1992), la casa matriz del Fondo de Cultura Económica (1992), la remodelación del Centro Cultural Bella Época (2006), el complejo Reforma 222 y el Museo Universitario Arte Contemporáneo (ambos de 2008).
Estos edificios comparten el empleo del concreto cincelado en enormes bloques minimalistas. También tienen en común ser de la autoría de Teodoro González de León (1926-2016), aunque en muchos de los casos en colaboración con otros arquitectos, en particular Abraham Zabludovsky. Al ingresar a la Academia de Artes en 1987, González de León señaló haber creado su arquitectura “solo y en colaboración”. Pero “en todo lo que he hecho no sé qué es mío y qué pertenece a Armando Franco, Abraham Zabludovsky, Francisco Serrano, Aurelio Nuño o a Carlos Tejeda, con los que he tenido la fortuna y el gusto de hacer arquitectura al tú por tú”.
El centenario natal de González de León se cumplirá el 29 de junio. Por lo pronto, El Colegio Nacional, del que fue miembro desde 1989, anunció un homenaje para el 20 de mayo.
Egresado de la entonces Escuela Nacional de Arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México –participó en el anteproyecto de Ciudad Universitaria–, González de León también fue pintor. Gracias a una beca del gobierno francés, a partir de 1947 trabajó cerca de dos años en el taller de Le Corbusier. Representante de Movimiento Moderno, fue llamado “el Picasso de la arquitectura”. Su extensa obra plástica incluye pintura, dibujo, grabado, escultura y collage.
Para González de León, “el Movimiento Moderno en arquitectura fue una enmarañada de ideologías sociales y plásticas cerradas y excluyentes: el arte de proyectar edificios sería sustituido por una ciencia que determinaría la forma que requiere cada actividad”. La ideología de dicho movimiento suponía una “tabla rasa: en un mundo nuevo, la historia salía sobrando”. Durante por lo menos tres lustros González de León permaneció “fiel a los principios del movimiento, sin duda graves”. De 1955 a 1970 realizó, “con el espíritu de experto social, más de 15 estudios de vivienda y de desarrollo urbano como eufemísticamente los llamábamos”.
Como “aprendiz de sociólogo conocí muchas realidades sociales. Tuve que trabajar en no menos de 15 ciudades; conocí el país y se me reveló el México tradicional, con sus monumentos, miserias, costumbres y esplendores. Fueron esos trabajos urbanísticos los que hicieron surgir en mí las primeras dudas sobre la ideología utopista del Movimiento Moderno y su verdadera eficacia”, señaló González de León al ingresar a la Academia de Artes.
Luego, con la lectura de Jane Jacobs, divulgadora científica y teórica del urbanismo, autora de Muerte y vida de las grandes ciudades, entendió “la complejidad de la ciudad histórica y advirtió cómo la mezcla de establecimientos ofrece un escenario mucho más rico para la vida que el del urbanismo compartimentado y esquemático que promulgaban los maestros del movimiento, que empezó a practicarse en todos los suburbios de las grandes ciudades del mundo. Brasilia es el máximo exponente de este error”.
Desde mediados de los años 70, González de León sintió una fuerte inquietud por introducir en sus composiciones elementos de la arquitectura del pasado: “lo hago como quien hace un collage, homenaje a las formas que admiro del pasado, y confieso que no tengo un soporte teórico sólido de esta actitud. Sin embargo, no lo practico como recurso para conseguir una identidad local, porque estoy convencido de que el arte es universal y como tal nos pertenece”.
En su libro Historia de la arquitectura mexicana (2013), Enrique X. de Anda escribe que la obra de González de León (y sus diversos asociados) es altamente representativa de “esta vocación por la masividad, los efectos espectaculares y el sentido expresivo del espacio. A partir de la séptima década introduce una serie de innovaciones de lenguaje que contribuyeron al fortalecimiento de un estilo propio pleno de originalidad. En los interiores aparece como adjetivo espacial el patio cubierto, cuya presencia determina generalmente el ritmo compositivo global al ser el área centralizadora de actividades, en torno a la cual se organizan las dependencias del conjunto; los exteriores se caracterizan por una robusta volumetría de muros de concreto con acabado aparente. La masividad de acuerdo con la condición del diseño, se logra mediante el remetimiento de ventanas, las superficies oblicuas y la profusión de sombras, elemento que resulta capital dentro de esta peculiar amalgama plástica”.
Con información de: La Jornada
CD/AT
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