Veracruz y el tiempo de las mujeres

Hay días que pesan como siglos y otros que iluminan como si el tiempo se abriera. El discurso de la diputada Naomi Edith Gómez Santos, durante la rendición de cuentas del primer año de gobierno de Rocío Nahle, pertenece a esa segunda categoría: no por la solemnidad del recinto, sino por lo que reveló sobre nosotros mismos como pueblo.
Porque en Veracruz a veces pareciera que todo ya fue dicho: que nuestras montañas y nuestro mar lo han visto todo, que nuestras heridas viejas, las de la desigualdad, la pobreza, la violencia, ya no sorprenden. Y, sin embargo, escuchar a una legisladora hablar de un estado que se rehace, que se afirma, que se reconoce digno, toca una fibra distinta. Una que no tiene que ver sólo con política, sino con identidad.

Los veracruzanos sabemos lo que pesa cargar los rezagos de generaciones. Sabemos lo que duele heredar un futuro incompleto. Tal vez por eso conmueve escuchar que este gobierno busca, por fin, hilar un nuevo tejido social, uno más justo, más sensible, más nuestro. No es una promesa; es una responsabilidad que se palpa en los rincones donde antes no llegaba ni la mirada del Estado.
Pero la emoción entra por otro lado también: por lo simbólico, por lo que parecía imposible. Veracruz tiene, por primera vez, una Gobernadora. Y México, por primera vez, una Presidenta. Es difícil exagerar lo que eso significa para las niñas que caminan de la mano de sus madres rumbo a la escuela, para las mujeres que durante años trabajaron en silencio, para quienes crecimos escuchando que “eso no era para nosotras”.
Por eso cuando la diputada dijo “Gobernadora con A”, los asistentes empezaron a vitorear Gobernadora; “Gobernadora…Gobernadora…Gobernadora…; fue algo más que reconocimiento.

De todas las mujeres que empujaron puertas cerradas, de las que nunca vieron llegar este día, de las que no se rinden. Porque hay símbolos que no caben en un informe, pero caben en la vida. Y este es uno de ellos.
El discurso también recordó algo esencial. Veracruz no avanza por voluntad de una sola persona, sino por la fuerza colectiva de un pueblo que, incluso en la desgracia, responde unido. Las imágenes del reciente desastre natural en el norte del estado aún duelen, pero también conmueven: ahí estaba la gente, mano con mano, demostrando que la solidaridad no se decreta, se vive.
Tal vez esa sea la lección más profunda: que Veracruz sigue aquí, resistiendo y avanzando, fuerte en su diversidad, orgulloso de su identidad. Que este es un tiempo de reconstrucción, sí, pero también de reconciliación con lo que somos.
Y quizá por eso la frase final del discurso, “Hoy y para siempre, es tiempo de mujeres”, no se sintió como una consigna, sino como un abrazo. Un abrazo a las que estuvieron, a las que están y a las que vienen. Un recordatorio luminoso de que cada paso que damos hoy abre un camino menos áspero para quienes vendrán después.
Veracruz escribe una página nueva. Y esta vez, por fin, nos nombra a todas.
CD/GL
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