Los "muertitos" que se comen
Sola de Vega.- La Zeta no aparece en las aplicaciones de mapas en celulares. Es la última localidad de Villa Sola de Vega, municipio de la Sierra Sur de Oaxaca, que limita con San Lorenzo Texmelucan —población vecina con la que sostiene un conflicto agrario— y en donde el pan tradicional para las festividades del Día de Muertos tiene una forma que lo distingue de otras regiones.
Sus habitantes los llaman muertitos o muertos. Su forma es la del cuerpo de una persona que representa a las ánimas que regresan solitarias.
Gabriela Sibaja Lara aprendió a elaborar este pan de su madre María Reyna Lara, que a su vez lo aprendió de la suya y así sucesivamente, de generación en generación. En esta comunidad las familias producen su propio pan, no sólo para Día de Muertos, sino para el consumo diario.
En sus viviendas de madera tienen, junto a su cocina, un horno de leña. “Estos son los meros tradicionales de muertos, son los que hacen en figuritas, los muertitos. Porque hay otros que sólo lo hacen en forma de tortita, pero sin la figurita como muertito”, dice.
Los panes se adornan con pedazos de la misma masa y sobre la cabeza les colocan una cara que adquieren en Sola de Vega.
“Es una tradición de muertos que llevamos hace mucho tiempo. De que debe ser en forma de muertitos, si no lo hacemos así, sentimos que no es de Día de Muertos”, explica mientras muestra la forma en que se elabora este pan.
La Zeta, que toma su nombre de la forma del río que cruza la comunidad, apenas está conformada por 25 viviendas y sus habitantes se dedican principalmente a la siembra de maíz y a la crianza de animales de ganado.
Por el gran sabor de sus panes y de sus muertitos, Gabriela ha logrado venderlos en la ciudad de Oaxaca. También tiene encargos especiales durante esta temporada, que van desde los mil hasta los 3 mil pesos.
En este poblado, el Día de Muertos se celebra los días 1 y 2 de noviembre. El 31 de octubre inician con la colocación del altar de muertos, que se distingue por un arco de flores que lo atraviesa y por el que cruzan las ánimas.
Sobre el altar colocan las comidas y bebidas que le gustaban al difunto, como en otras partes del país. Por lo general se pone caldo, mole, mezcal y muertitos.
De acuerdo con la creencia, el primer día es cuando llegan “los angelitos”; es decir, los niños que fallecieron. En el segundo día, toca la visita a los muertos del panteón de La Zeta. A los ocho días, conocida como La Octava, cambian la comida y se coloca una más fresca, como un caldo “al ánima sola que dicen que viene”. Ahí se acaba la fiesta.
Con información de: eluniversal.com.mx
CD/JV
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